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Los “falsos salmones”

¡La corriente queda para allá, muchachos! Justito justito para donde van ustedes. Qué casualidad, ¿no?

Pocas cosas hay que me saquen de mis casillas con mayor facilidad que la rebeldía berreta. Para mí la fama de rebelde es una especie de medalla que uno tiene que ganarse a fuerza jugársela en serio. Se trata de algo muy distinto de los “caprichitos infantiles”, de oponerse porque sí, usar palabras altisonantes o enfrentar a un rival que está en inferioridad de condiciones.”Bancársela” de verdad es otra cosa. Es darse permiso para criticar a los que mandan (a los que lo mandan a uno en la realidad, no a la “autoridad” en abstracto) y a uno mismo, y hacerse cargo si uno se da cuenta de que algo anda mal. Es apostar algo que es tuyo en serio, no la luna ni las estrellas, y estar dispuesto a perderlo.

Pero, ¿sabés una cosa? A la gente que hace las cosas bien las cosas no suelen salirle bien o, al menos, no automáticamente, ni en el corto plazo. Porque así como no existe un dios, tampoco existe un destino que garantice justicia, ni en este mundo ni en ningún otro. Por eso es tan difícil. Es difícil enfrentar a un profesor que maltrató a un compañero, es difícil enfrentar a un patrón que echó a un contratado, es difícil enfrentar a la policía en la calle, cuando la tenés ahí adelante apuntándote a vos y a otros muchos. Es fácil hacerse el malo en un blog, componer canciones que suenen combativas, chicanear a algún boludo. Eso es fácil, pero eso no cuenta. Eso es ir con la corriente. Es pensar que la política la hacen otros, “los que saben“, y que basta con repetirla y ponerse una camiseta. Sigue siendo ir con la corriente el hecho de seguir una corriente distinta a la de la mayoría, pero que te garantiza la comodidad de tener asegurado un grupo de pertenencia que te hace sentir acompañado. “Bancársela” es estar dispuesto a arriesgar ese grupito confortable, y no callarte si algo ahí adentro te hace ruido.

Tiene, a mi entender, unas pocas ventajas esto de ser rebelde “caiga quien caiga”. Por ejemplo, te garantiza depurar tu lista de amigos de personajes arribistas, de los que sólo te acompañan en las buenas; o de condescendientes, que sólo te acompañan cuando te ven débil. Tiene también la ventaja de que las personas honestas, estén de acuerdo con vos o no, te escuchen y te respeten. Te deja la esperanza de que alguna de la veces que te la jugaste y perdiste estrepitosamente, hiciste el ridículo y te humillaron públicamente, a alguno de los presentes algo de lo que dijiste le haya quedado dando vueltas en la cabeza y, con un poco de suerte, la próxima vez considere la posibilidad de jugársela, aunque pierda. Pero definitivamente hay una recompensa en particular que las supera a todas, y es poder recordar en los momentos más duros, cuando uno está totalmente solo, que uno sigue estando bien acompañado, porque no tiene al lado (o más bien adentro) a un pusilánime.

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