Ser y estar. Pensando “en voz alta”.

Mentiría si intentara adelantar de qué va a tratar este post. Cosas para decir me sobran, pero estoy buscando un hilo conductor. Empecemos por un principio posible: cómo llegué yo a NECESITAR militar. Resumamos unos cuantos años de angustia diciendo simplemente que durante mi adolescencia ninguna tribu urbana me sedujo lo suficiente como para encontrar un grupo de pertenencia que me contuviera. No encontraba motivos racionales ni sentía un apego genuino por el punk, el metal, el hardcore, el reggae, ni nada por el estilo. Las modas más mainstream me generaban directamente un violento rechazo. Los alternativos eran, de la fauna disponible a mi alrededor, quienes me caían más simpáticos, pero más que nada porque me daba ternura su ingenuidad y porque, a decir verdad, comprar ropa usada por $2 sí me parecía una gran idea (y me lo sigue pareciendo, aunque ya no se consiga a $2). Las primeras cosas que en cuanto las descubrí sentí inmediatamente que tenían algo que ver conmigo fueron Sui Generis (a los 14), la “política” (que en ese entonces, a los 16 años, sólo se expresaba en mi vida como una muy fuerte identificación con los desaparecidos y la participación activa en el centro de estudiantes del colegio, y poco más tarde incluiría también una fascinación romántica por el Che Guevara) y el arte que, con miles de contradicciones, siempre estuvo presente. Las hipótesis contrafácticas no suelen ser muy útiles, pero a veces se me ocurre que si hubiera conocido el grunge o el ska en esa época hubiera sufrido bastante menos la famosa “anomia” de la que hablaba Durkheim.

Bueno, la cuestión es que esta angustia existencial no me agarró en un momento histórico cualquiera: coincidió con la caída de las torres gemelas, el 20 de diciembre, el auge de los movimientos piqueteros, las asambleas populares, el asesinato de Darío y Maxi, las fábricas recuperadas y la invasión de Irak. Retomando el título de la entrada, seguía sin saber quién era pero era obvio donde tenía que estar: en la calle. Y ahí estuve.

Un par de cosas fui descubriendo: era demasiado iconoclasta como para reivindicarme parte de una corriente sin estar antes absolutamente convencida de su política (y admitía sin pudor mi absoluta ignorancia al respecto, por lo que consideraba imprescindible, antes que nada, aprender) pero a la vez tenía una mente suficientemente abierta como para no rechazar de entrada la idea de pertenecer a un partido, por lo que durante mucho tiempo (cerca de un año) me sentí cómoda militando con el PTS en todas las cuestiones en que tenía acuerdo (prácticamente todas), pero sin reconocerme como integrante del partido. Sentía que estaba exactamente donde tenía que estar, y ahí también conocí a varias personas que siguieron siendo parte de mi vida durante muchos años, y con quienes compartí experiencias muy particulares, que dejaron huellas profundas en mi personalidad y en las de ellos. “Crecimos juntos” en un sentido muy difícil de explicar a quienes no hayan vivido ese momento. El mundo de los noventa se derrumbaba estruendosamente, y quienes nunca habíamos encontrado un lugar en él salimos felices a construir otro mundo.

Para quienes empezaron a asomarse a la vida política ya durante el kirchnerismo no debe ser fácil imaginarlo, pero reinaba una cierta sensación de anarquía y de que todo era posible. En ese contexto entré al PTS, cuando me di cuenta de que para hacer realidad un mundo sin explotación ni opresión hacía falta construir un partido. Un nuevo ítem se agregaba a la lista del ser: soy trotskista.

(Continuará)

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Publicado el marzo 31, 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Lindo post Ana!
    Pero que final bien al estilo “La Verdad Obrera”.

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