Ilustres ilustradores, o "A mí me gusta dibujar"

Alto mambo tengo yo con el dibujo. A mis tiernos 18 añitos, finalizando el curso de ingreso a la Licenciatura en Artes Visuales del IUNA me vi interrogada por la entonces decana, la señora Graciela Marotta. Su sola presencia causaba (y supongo que seguirá causando, aunque he tenido la suerte de no verla en algunos años) un cierto horror. La enorme señora quiso saber por qué había elegido esa carrera. A mí me pareció una pregunta bastante elemental y respondí con toda naturalidad “porque me gusta dibujar”. ¿Cómo describir adecuadamente la mirada de profundo desprecio que arrojó sobre mi persona? Reprimiendo a medias un gesto como de asco me explicó que ese no era un motivo válido, que yo era poco menos que una imbécil y que mi única esperanza era anotarme en cátedras con un enfoque mas bien “conceptual” del arte, para tratar de remediar mi espantosa mediocridad. Lindo recibimiento de parte de esta bendita institución educativa, donde estoicamente soporté años y años de cursada y que finalmente decidí abandonar violentamente en pro de mi salud mental. Renegué de mi problemática vocación artística y empecé la carrera de Filosofía en la UBA (donde también a los profesores les llama la atención que a uno “le guste filosofar”, pero esa es otra historia).
Cierto día, mi hermano me comentó que había leído en internet acerca de un concurso de historieta organizado por la revista Fierro (por la que yo sentía una gran simpatía y respeto pero que, a decir verdad, no solía comprar) y me insistió en que participara. Pensé “bueno, con probar no pierdo nada”. Hacía tiempo que no tocaba un lápiz y supuse que tener un plazo de entrega definido era un buen incentivo para encarar un proyecto concreto y no postergar indefinidamente su terminación. El último día, para variar, terminé a las apuradas de pintarlo y me fui hasta la casa de mi viejo para escanearlo y mandarlo por mail. Como no había conseguido guionista, había adaptado al formato de historieta unas frases anotadas en una vieja libreta que solía llevar conmigo a todas partes durante una etapa particularmente depresiva y donde solía registrar mis “vómitos emocionales”. Dudé al momento de mandarla, porque revelaba un aspecto bastante oscuro de mi personalidad, pero me convencí a mí misma con el argumento de que sólo la vería el puñado de desconocidos que integraban el jurado del concurso. Grande fue mi sorpresa cuando me enteré de que era una de las ganadoras y de que mi historieta iba a ser publicada en la revista.
Pues sí, mi historieta “Todos tenemos un esqueleto adentro” salió en el número 51 de la revista Fierro, en enero de 2011. Todos mis familiares y amigos se encargaron de difundir ampliamente el suceso. Incluso el pobre Juan Sasturain fue molestado durante sus vacaciones en la costa por un orgulloso y bastante cholulo pariente mío (juro que yo no tuve nada que ver con dicho incidente). A la fuerza tuve que volverme un poco caradura y simular que para mí era cosa de todos los días esto de hablar públicamente de mis fantasmas personales. A más de uno le aclaré por si acaso que no se trataba de un mensaje suicida ni nada por el estilo.
Con la plata que Página/12 me pagó por las dos página publicadas (un total de $360) y un poco más de mi bolsillo, porque con eso no me alcanzaba, me compré un lápiz óptico con la firme intención de convertirme en ilustradora profesional. Empecé un curso de ilustración digital (pequeño chivo: el curso lo da Damián Geisser en la escuela Sótano Blanco y está buenísimo), pero no pude terminarlo. La nefasta combinación de mis tendencias obsesivas con algunos peculiares problemas de salud terminaron por impedirme trazar ni una línea. Sintiéndome absolutamente derrotada, me refugié en internet y fue ahí donde me encontré con varios personajes dignos de ser mencionados. Empecé a merodear con frecuencia los blogs de algunos dibujantes de la Fierro (sobre todo los de Minaverry y Parés) y de repente sentí que había encontrado algo que había buscado toda la vida: gente a la que le gustaba dibujar y se dedicaba a eso, así de simple. ¿Cómo podía haber pasado tanto tiempo sin darme cuenta? La superficialidad, el individualismo, la hipocresía y el estilo snob del “mundillo artístico” siempre me provocaron náuseas. Sentía la necesidad de dedicarme a la actividad artística pero sentía también un profundo rechazo por ese ambiente. Y ahí me di cuenta de que en lugar de seguir dándole vueltas a la cuestión de ser o no ser Artista, alcanzaba con tener claro que quería ser dibujante.
Recordé la inmediata fascinación que experimenté cuando vi por primera vez las ilustraciones de Carlos Nine en el libro de Dolina Crónicas del Angel Gris; tendría yo unos 12 o 13 años. Eso era magia. Quino, Caloi, Fontanarrosa, los Breccia, Pratt, Manara… Los conocía de toda la vida. Estaban en la biblioteca de la casa donde me crié y había visto una y otra vez esas imágenes durante mi adolescencia. Pero después fui a la Universidad a estudiar Arte. ¿Cómo mierda se supone que uno pueda hacer hacer una pintura, escultura, o grabado decente sin saber dibujar? Algunos hacen de la necesidad virtud y se dedican a la abstracción, lo conceptual, las performances o las nuevas tecnologías. Y encima te miran de arriba porque vos te dedicás al vulgar dibujo. Todo bien: no tengo nada en contra de tirar baldazos de pintura contra las paredes, pero no quiero resignarme a hacer eso sólo porque nunca aprendí a dibujar, y encima tener que inventar un chamuyo acerca de cómo estoy cambiando el mundo desde mi interior. ¡No! ¡Yo aquí y ahora, a mis 27 años, declaro que voy a aprender a dibujar, aunque sea lo último que haga!
¡Vivan los grandes dibujantes e ilustradores de este mundo! ¡Vivan los Toulouse-Lautrec, los Klimt, los Schielle, los Giacometti, los Escher, los Giger! ¡Vivan los Scafatti, los Mandrafina, los “Tomi”, los Nine, todos los Breccia… y también los Minaverry, Mosquito, Ginevra, Podetti, Scuzzo y Parés! Y sobre Diego Parés quiero decir algo más: se ha ganado en buena ley mi admiración, mi respeto y mi cariño, no sólo por su envidiable talento, sino por ser una de las personas más inteligentes, profundas, divertidas, generosas y humildes que he conocido en mi vida. Señor Parés, ¡gracias por compartir con nosotros sus éxitos, sus debilidades, sus contradicciones y su irreverente y maravilloso sentido del humor!

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Publicado el febrero 12, 2012 en Dibujo y Pintura, Opinión, Personal y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Hojaldre, Anechka, que parece que ser maltratado por un pelotudo al comienzo de tu carrera intelectual trae suerte. Frank McCourt, el de _Las cenizas de Angela_, cuenta que en su primera clase en la universidad le preguntaron a qué gran escritor del pasado querría conocer si pudiera, y creo que dijo que a Jonathan Swift, porque le parecería genial charlar con alguien que tuviera tanta imaginación. El profesor le dijo, seguramente con idéntico desprecio, que eso era el paradigma de un abordaje ingenuo de la literatura…O, prescindiendo de la cita: que se vayanatomarpor culo.

  2. Ey ana!!! que tenés contra la gente de las nuevas tecnologías!?

  3. Jajajajaja!!! Nada, Mati, mientras no consideren que el dibujo es un "arte menor".

  4. Ana, cuánta complejidad… no es que se me da ahora por ser sencilla, si no que encontré este espacio, por esas cosas de la net (y el facebook de mi hna) y sólo quiero hacerte llegar mis tardías felicitaciones por este trabajo. Me conmovió su poesía, la contundencia del dibujo y me gustó mucho el ritmo/secuencia de la historia (en cuadritos). Entiendo que no es el tema que venís hablando (ahí no me sale decir ni pío) y una se siente zonza elogiando en medio de semejante exposición y sincerismo… pero bue, "ajo y agua", vos nos abriste este espacio. Levanto mi mate a tu salud y a la salud de la buena historieta! Abrazo. Male

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